Archivo

Posts Tagged ‘ciencias sociales’

¿Por qué les cuesta tanto a las posiciones críticas aceptar contra-críticas?

1 noviembre 2015 Deja un comentario

Nunca deja de llamarme la atención cómo posturas que adoptan un punto de vista crítico tienen ese problema. Ya sea del progresismo, socialismo, liberalismo, feminismo, y otros, sean “ismos” o no. Y no se trata de dejar de valorarlos. Sus posturas han sido y siguen siendo completamente valiosas: sus reflexiones merecen ser escuchadas y discutidas y muchas de sus luchas, apoyadas, tanto en un plano político como académico.
Sin embargo, al momento de intentar hacer una crítica hacia sus ideas básicas (o no tan básicas) o decisiones políticas, parece ser que la apertura es solo hacia posturas que sean también críticas o que vengan de actores tan o más “desprivilegiados” que ellos mismos. Pero, mirando al otro lado, a lo que ellos critican, la apertura parece ser casi nula; como si el conservadurismo, neo-liberalismo/capitalismo y demás contrapartes no tuvieran nada relevante a ser escuchado, porque prácticamente cualquier cosa que puedan decir es, explícita o implícitamente, consciente o inconscientemente, solo una defensa de su propia posición de privilegio o un intento de legitimación de las relaciones de poder.

Y, si se intenta hacer una crítica a esos defensores de los “ismos” críticos, las cartas a jugar suelen ser frases del tipo:

  • “decir eso es hacerle el juego a los conservadores / neo-liberales / etc., ¡date cuenta!”
  • “si piensas eso es porque, quizás sin quererlo claro, te mueves (a-críticamente) dentro de las categorías que debemos criticar”
  • “bueno, es que aún no la ves bien, tendrías que leer tales autores y pasar tales experiencias para entender, cuando lo hagas te darás cuenta de que tenemos razón”
  • “pero hacer una crítica a la crítica está bien para una clase o un café, para una conversación interesante, pero no más allá de eso; la lucha debe hacerse en pro de todos”
  • (y otras más que se repiten con menor frecuencia).

También podemos ir con esos críticos y preguntarles algo como: “¿y qué pasa si en algún punto, uno al menos, de lo que defiendes caes en un exceso? ¿es eso posible?” Más aún, “¿qué pasa si en ese punto en particular, no en general, es tu rival quien tiene la razón?” Las respuestas ahí suelen variar entre “no, en ningún aspecto de nuestro debate el otro tiene la razón” y “bueno, podría pasar, claro, yo no soy infalible”. Si es lo segundo, el problema llega cuando se piden ejemplos: en mi experiencia personal, al preguntarlo eso, casi nunca son capaces de dar ejemplos en que se evidencie que sus criticados tienen un mejor punto. Lo reconocen para otros temas, como la capacidad para organizar gente, movilizar recursos, usar los medios, permanecer en el poder… pero prácticamente nunca para los temas propios del debate, del quid de su crítica. Y esto aparece una, y otra, y otra vez en conversaciones, en debates, en foros, en blogs, diarios, posts de facebook, etc.

Esa incapacidad para aceptar contra-críticas también es peligrosa, en tanto bloquea canales de comunicación y polariza las posiciones, además de cierta suposición de que los defensores de las posturas contrarias son o bien ingenuos, porque “no la ven” o bien astutos o simplemente personas aferradas a sus posiciones de poder y “no quieren perder”.  Es cierto que muchas veces ese es el caso, pero tampoco se puede aceptar una generalización de ese tipo sobre cualquier postura o idea conservadora, de derecha, etc. Por eso es también necesario promover que los defensores de esas posturas críticas se hagan a sí mismos la pregunta (al menos solo internamente):

“¿Hay algún punto en el que esté sobre-interpretando y, quizás, ese a quien critico tiene mejores argumentos? ¿Cuáles serían?”.

Pregunta que también es válida para sus criticados, obviamente. Sin esto, los verdaderos debates, no los diálogos de sordos, no podrán darse.

Por último: tal vez esto parezca ingenuo pedir algo así cuando se trata de dinámicas políticas, lo que implica balances y  luchas de poderes, muchas veces de tipo muy crudo. Esto es cierto. Pero tampoco se trata de hinchadas o de “bandas” en que cada parte es casi incapaz de reconocerle algo a la posición contraria. Tender los canales de comunicación es necesario, y no solo por intereses propios, sino porque los temas en discusión lo permiten y piden. Además, ver ese proceso de abrir canales como ingenuo corre el riesgo ya mencionado de generar una situación en que cada postura vaya hacia su propio lado, polarizando posiciones y volviendo más crudos los enfrentamientos. Espero que podamos acordar que el hecho de que algo así suceda es también peligroso.

Avatar y el buen salvaje

26 enero 2010 1 comentario

Hace unos días pude ver recién Avatar. Es relevante porque ya habían pasado meses sin ir a un cine, pero también por algunas otras razones. Primero, porque he escuchado las opiniones más disímiles al respecto: desde aquellos que estuvieron maravillados, hasta aquellos que la califican de sobreestimada o de reduccionista. Segundo, porque había leído un pequeño editorial de Marco Sifuentes en Perú21, “Baguatar“, que comparaba la situación de los Na´vi con la de los awajún en Bagua. Se comparaba no sólo el tema del conflicto, las similitudes de los actores, sino también nuestra recepción: nuestra distinta sensibilidad ante cada uno de estos problemas paralelos. Otro comentario fue el del blog de Martín Valdez, quien valiéndose de la filosofía política de Kant (específicamente, el principio cosmopolita o de derecho de visita mencionado en La paz perpetua) nos recordaba que si hay algún derecho en estos casos, se trata de un derecho de visita guiado por la noción de hospitalidad universal.

Antes de revisar las opiniones allí vertidas quisiera mencionar algo que me parece un relevante paso previo. Revisando la web me he dado cuenta de que no son pocos los que dicen que la película no es mucho más que Danza con lobos con grandes efectos especiales. A pesar de la enorme cercanía en sus tramas, hay diferencias a resaltar. Primero, Avatar sí tiene un final feliz (al menos hasta que aparezca un Avatar2 en que la compañía -o algún otro agente terrícola- regrese). Y puede permitirse eso ya que, a diferencia de Danza con lobos, no es un relato sobre algo ya acontecido, el desenlace no está programado. Pero justamente este pequeño detalle cambia la tónica de ambas cintas. En Avatar no se trata ya de ahondar en un hecho histórico buscándole una forma artística de presentación,  de forma tal que los estadounidenses (y por analogía muchas otras naciones) afinen su sensibilidad sobre un hecho histórico que marca trágicamente el camino hacia la conformación de su nación, sino que funciona, al menos en una primera lectura, como una advertencia a una emergencia a todas luces actual: la amenaza que el centramiento en el capital puede significar no sólo para otros seres vivos particulares, especialmente seres vivos inteligentes, sino también a un mundo vivo en su conjunto. De ahí que el enemigo ya no es la expansión de los Estados-nación como en el siglo XVIII, sino la expansión del capital que entierre en su camino tanto a seres racionales como al entorno completo en el que se encuentren.

Otro punto en el cual reparar es que  notamos que la comprensión de la vida de los Na´vi  no es exitosa ni por parte de los empresarios, ni de los militares, ni tampoco por parte de los bienintencionados científicos quienes eran los agentes que se habían contactado con ellos hasta el momento en que la historia es tomada. ¿Soy el único que se preguntaba por qué no había ningún antropólogo o equivalente en el siglo XXII? ¿Se extinguieron? ¿Dejaron de ser necesarios y se cerró la carrera en las universidades? ¿Dejaron las compañías mineras de necesitar de ellos como mediadores y resolutores de conflictos? En todo caso, lo importante es que es un soldado de pocas habilidades que llegó ahí por ser familiar (gemelo) de alguien, sin lo que podríamos llamar “tacto social”, el que logra adentrarse entre los Na´vi de la mejor manera. Es él, quien también por suerte es asimilado ya quieren ver cómo es un “guerrero humano”, quien logra entenderlos mejor al dejarse llevar por la vida cotidiana y el lenguaje. Esto me trae a la mente el llamado central de Levinas que podría condensarse señalando que sólo hay ética si tratamos al otro en su particularidad, y no dejamos que sea asimilado o leído desde un concepto previo que lo explique y “nos lo acerque”. Pero, sin entrar a lo que este autor diga, es fácil reconocer que no bastaba con la convivencia o el estudio pormenorizado, pues la doctora que también era un avatar ya lo había hecho y no había logrado aproximarse a su forma de vida.

Teniendo en cuenta esa diferencia como trasfondo paso a la comparación (que no pasa de esbozos) de la película y las relaciones con comunidades reales como los awajún de Bagua, ya que parece ser una buena comparación, especialmente si se trata de sensibilización o creación de conciencia como suele decirse.

Estoy seguro de que prácticamente todos los que han visto la película, si pudieran pronunciarse sobre el caso, se pondrían del lado de los Na´vi, lo que podría llevarnos a creer que inevitablemente daríamos nuestro apoyo a las comunidades nativas en caso de conflicto. Sin embargo, los conflictos sociales suelen complejizar la situación de tal forma que comienzan a formarse situaciones más grises en las que no sabemos hasta qué punto podemos seguir protegiendo al nativo.

En primer lugar, en Avatar, la doctora, y todos los que intentan asumir el lugar de negociadores, fracasan en su labor. La razón es simple y es dicho más de una vez en la película: no tienen nada que a los Na´vi les pueda interesar. Esto ya es un contraste con los casos reales de relación entre Estados o empresas y las comunidades nativas, ya que estas últimas siempre parecen tener interés en algo: medicinas, alimentos, semillas, herramientas para agro o pesca, ropa, etc. De forma tal que el problema se convierte en cómo negociar, qué ofrecerles y cuánto, y también qué responsabilidad podría haber en eso ya que dar algún elemento novedoso (por ejemplo, dinamita o medicinas).

Un segundo punto a resalta en la película es que los jóvenes prácticamente no tienen voz. Sus intervenciones son muy breves y sólo complementan las de aquellos que ya están en la adultez o están justamente pasando a dicha etapa. Esto marca una segunda gran diferencia, ya que no se ofrece un escenario que implique conflictos generacionales, lo cual es algo común cuando se presenta un conflicto real.

Un tercer contraste es que los distintos clanes en Pandora estaban en una situación pacífica al parecer. No hay un conflicto o incluso un abuso ante un determinado grupo que sirva de excusa para la intervención por “ayuda humanitaria”.

Ahora bien, teniendo en cuenta por lo menos estas tres diferencias luego de la comparación, puedo llegar a donde me interesa: Los Na´vi son un excelente ejemplo de buen salvaje: conviven bien con su entorno, respetan la vida y aceptan la muerte, cuidan unos de otros, la naturaleza aún no se ha alejado de ellos; en otras palabras (en las de Rousseau) la sociedad aún no los ha corrompido.

Sin embargo, para el escenario de la película, me parece que no hay mucho que reclamar al respecto, como si habría que hacerlo si alguien quiere ver a los awajún o a alguna otra comunidad como buenos salvajes. Sabemos que eso no debería hacerse no sólo porque es una reducción, una infantilización en muchos casos, sino también porque adoptar un tal punto de vista podría traer consecuencias sumamente negativas al momento de iniciar una negociación o por las consecuencias a largo plazo de dicha negociación.

Pero, ¿por qué digo entonces que en la película este no es un factor tan relevante? La respuesta: Los Na´vi pueden ser auténticamente presentados como buenos salvajes porque tienen algo que ningún humano tiene: su cabello. Recordemos que en el extremo de su cabellera tienen una especie de terminal nerviosa que les permite conectarse directamente con otras especies y con el “sistema nervioso” del planeta. En otras palabras, tienen un vínculo extra- o supra- lingüístico que los cohesiona. De ahí que puedan mantener el equilibrio o balance que, según la trama, los humanos ya hace mucho perdimos. Ellos logran una conexión instantánea con los demás seres vivos: instantánea no en el sentido de que cualquiera pueda hacerlo de buenas a primeras, sino en el sentido de que quien haya sido lo suficientemente iniciado, puede lograr esa conexión plena de entendimiento, esa consonancia casi mágica con los demás. Es gracias a esa conexión instantánea que se consigue el balance, el equilibrio que impera sobre los pequeños actos de violencia, agresión, y también los de amor, cuidado y comprensión: balance que recae en el árbol vital que brinda su apoyo en la batalla final.

Con todo ello se explica por qué no tienen la necesidad de los múltiples bienes ofrecidos por los humanos, ni tampoco se crean mayores conflictos generacionales, ni parece haber grandes rivalidades entre los clanes. Tal vez se maravillen por alguna novedad humana, pero ya tienen lo que necesitan en su mundo. Hay jóvenes, tal vez rebeldes, pero no rompen con su equilibrio social. Hay guerreros entrenados y probablemente rivalidades entre clanes, pero al parecer no hay masacres ni esclavitud entre ellos.

Por otro lado, nosotros no tenemos esa conexión extra lingüística. Nosotros tenemos que vérnoslas con la fragilidad del lenguaje y de la capacidad de diálogo y negociación al no poder entablar relaciones simbióticas con los demás, o aún más difícilmente, con el entorno.

No es para nada vano resaltar esto, porque si reparamos en los siglos XVI-XVIII, encontraremos a autores como Las Casas, Erasmo, Moro, Shaftesburry, Locke, Rousseau o incluso Voltaire, Franklin y Defoe que justamente podían postular una noción aproximada de “buen salvaje” dado que creían firmemente que había alguna dimensión humana que permitiría una consonancia semejante que sobrepase las posibilidades del frágil lenguaje: los sentimientos, las pasiones, los instintos o el alma; es decir, algo profundo y puro en nuestra humanidad que habría sido encubierto o incluso enterrado por el proceso civilizatorio. Esto tenía como correlato que aquellos civilizados que llegaban a las tierras de estas personas puras fueran vistos como abusivos en exceso.

Comparar la visión de Bartolomé de las Casas con la de James Cameron no estaría de más en este punto pues tienen, a pesar de las diferencias, un aspecto común: hacen quedar mal a su propio grupo, pero de forma tal que al mismo tiempo lanzan un llamado de alerta colocando como urgencia la necesidad de cambiar nuestra manera de ver el mundo. Pero también hay una diferencia significativa. El contexto de Las Casas era el de la rivalidad entre Estados-nación, de ahí que se aprovechasen sus publicaciones para generar la llamada leyenda negra contra los españoles; pero en la película (y lo que ya vivimos ahora en gran medida), el peligro ya no está en la expansión colonial de los Estados (como en Danza con Lobos), sino en la expansión de una sociedad de mercado que ha englobado a casi toda la humanidad y de la cual seguramente forman parte todos los que pueden ir a un cine a ver esta película.

Pero, de la misma manera en que con el tiempo se mostró que las propuestas que postulaban un camino de encuentro en las pasiones, los instintos o en el alma traían consigo una serie de problemas insospechados (lo que ocasionaría finalmente el cuestionamiento y abandono del el mito del buen salvaje), también podríamos empezar ahora a desconfiar al menos de las posturas que busquen reconciliarnos con la naturaleza y los “hombres que aún viven en consonancia con ella” buscando una especie de mágico equilibrio universal que residiría “en el interior más puro de todos nosotros” como asumen algunos grupos ambientalistas un tanto extremos. Hay, pues,  que vérnoslas con la inevitablemente frágil relación que nos brinda el lenguaje sin que podamos soñar con una conexión metafísica que nos mantenga a todos adecuadamente enlazados.

En conclusión, Avatar tendría la virtud de presentarnos la condición básica para que efectivamente pueda haber un buen salvaje (conexión supra-lingüística que vincule instantáneamente a las formas de vida brindando equilibrio), pero esta es una condición que nosotros sencillamente no tenemos. De ahí que no podamos usar ese locus communis para describir las relaciones humanas.

A pesar de esto, tal como en el caso de los autores de la modernidad que se han mencionado, la falla en el diagnóstico de los actores no tiene por qué implicar una falla en el reconocimiento del escenario. Al momento de presentar a los autores muy fácilmente se puede caer en la diferencia “buenos/malos”, pero al presentar el escenario caer en esos reductivismos es un poco más difícil,  ya que justamente se lo presenta sólo  como trasfondo, sin ser realmente tematizado “en primer plano”. Entonces, tal como en un caso la expansión del modelo del Estado-nación daba muestras de un peligro enorme, así también tenemos muestras del gran peligro que pudiera estar implicado en la expansión del modelo de la sociedad de mercado. Ambas son expansiones que muestran algo sumamente peligroso: el silenciamiento y ocultamiento del valor de la particularidad de los otros.